Este mes se cumple el 40Āŗ aniversario de la normalización de las relaciones diplomĆ”ticas entre China y Estados Unidos y el inicio de la āreforma y aperturaā de China. A finales de la dĆ©cada de 1970, China todavĆa estaba emergiendo de las sombras de la Revolución Cultural de Mao Zedong, que habĆa barrido con la mayorĆa de las instituciones sociales y polĆticas del paĆs y habĆa puesto de rodillas a su economĆa subdesarrollada.
China ha logrado avances notables desde entonces; La China de hoy casi no se parece en nada a la China de aquel perĆodo. Pero la experiencia de la Revolución Cultural āuna Ć©poca caótica y brutal de agitación socialā todavĆa estĆ” fresca en la memoria de quienes la vivieron, incluyĆ©ndome a mĆ y a muchos miembros de la clase dominante contemporĆ”nea de China. Aunque la mayorĆa de ellos rara vez lo discuten pĆŗblicamente, la Revolución Cultural tuvo un impacto decisivo en muchas de las personas que ahora dirigen China y las empresas mĆ”s grandes del paĆs.

A raĆz de la Revolución Cultural surgieron dos escuelas de pensamiento sobre cómo gobernar China y gestionar su economĆa. Algunos altos dirigentes del partido estaban a favor de una liberalización polĆtica limitada y de reformas favorables al mercado. Otros insistieron en la supresión de la disidencia y el apoyo inquebrantable a las polĆticas estatistas de la vieja escuela. Este debate todavĆa agita a China y sirve como el prisma principal a travĆ©s del cual la mayorĆa de los observadores extranjeros ven la polĆtica china.
Pero los de fuera a veces no logran comprender cómo el debate mismo ha sido moldeado por la experiencia compartida de los participantes de la Revolución Cultural. Vivir en medio del desorden social ha dejado una profunda huella en muchas Ć©lites chinas. Les ha llevado a una amplia variedad de conclusiones sobre quĆ© tipo de sociedad deberĆa ser China. Pero para comprender su pensamiento y sus visiones contrapuestas, es Ćŗtil tener una idea de cómo era la vida en aquellos tiempos oscuros e intensos. Mi propia experiencia fue bastante tĆpica.
SALIDA DE LA ESCUELA
Eran principios del verano de 1966 en los suburbios occidentales de Beijing.Ā TenĆa 12 aƱos y me preparaba para graduarme de la escuela primaria.Ā Durante los dĆas calurosos, las cigarras cantaban sus implacables canciones.Ā PasĆ© las tardes estudiando para mis exĆ”menes finales.
En los Ćŗltimos meses se habĆa hablado de la Revolución Cultural.Ā En un documento que me mostró mi padre, leĆ algunos comentarios que habĆa hecho Mao, criticando el sistema educativo.Ā Mao dijo que los profesores trataban a los estudiantes como enemigos y los exĆ”menes eran como āataques sorpresaā.Ā Dijo que ese sistema desalentaba la creatividad.Ā Mao afirmó que los emperadores mĆ”s destacados de la historia china no tenĆan una buena educación y que los mĆ”s educados resultaron ser un fracaso.Ā TambiĆ©n dijo que a los estudiantes se les deberĆa permitir susurrar entre sĆ, intercambiar notas y consultar sus libros de texto durante los exĆ”menes.Ā Estos comentarios fueron mĆŗsica para los oĆdos de estudiantes impresionables, incluidos mis amigos y yo.Ā Pero la revolución todavĆa nos parecĆa un poco distante, hasta que, un dĆa de junio, dejó de ser asĆ.
Gao Jianjing, un lĆder de clase en mi escuela, se hizo cargo de un grupo de estudiantes que habĆan decidido marchar hasta el Ayuntamiento de Beijing. Fueron en nombre de la revolución, por lo que ninguno de nuestros maestros o directores se atrevió a detenerlos. Me quedĆ© atrĆ”s: estaba demasiado concentrado en estudiar para los exĆ”menes finales como para distraerme con todos los rumores a mi alrededor.
MĆ”s tarde, Gao y otros me dijeron que habĆan visto cómo una multitud arengaba al alcalde y a los vicealcaldes. Escucharon a la gente dar discursos sobre la necesidad de la revolución. Y fueron testigos de cómo un grupo de revolucionarios atacaba a Ma Lianliang, una estrella de ópera que era uno de los artistas mĆ”s destacados de China pero que habĆa sido condenada en los medios estatales como una āhierba venenosaā. (Ma habĆa aparecido recientemente en una producción que Mao creĆa que lo criticaba implĆcitamente). A Ma se le rompió la pierna y se desmayó; antes de fin de aƱo, morirĆa a causa de sus heridas.
Gao me dijo que los revolucionarios que gritaban consignas, pronunciaban discursos y golpeaban a la gente se llamaban Guardias Rojos. Era la primera vez que escuchaba ese tƩrmino.
Todo esto era mucho mĆ”s emocionante que estudiar para los exĆ”menes finales. HabĆa algo emocionante en el hecho de que las autoridades escolares no hubieran hecho nada para impedir que mis compaƱeros marcharan hacia el Ayuntamiento. La escuela incluso envió un autobĆŗs para recogerlos y traerlos de regreso. Escuchamos que en algunas escuelas, particularmente en las escuelas secundarias y universidades, los estudiantes se habĆan rebelado contra sus maestros y se negaron a tomar los exĆ”menes finales.
Poco despuĆ©s del viaje al Ayuntamiento, algunos de nuestros profesores acusaron a algunos de sus colegas de ser huai fen zi: āmalos elementosā. De la noche a la maƱana, la reputación de alguien podrĆa transformarse. Alguien colocó carteles por toda la escuela declarando que un cocinero en el comedor era un āmal elementoā. Su delito fue tener una baraja de cartas con fotografĆas de mujeres desnudas, que habĆa traĆdo consigo despuĆ©s de trabajar como chef en una embajada china en el extranjero.
La escuela rĆ”pidamente se sumió en el caos. Los estudiantes aprendimos que muchos de nuestros respetados maestros eran, de hecho, huai fen zi. A todos nos encantó la enfermera de la escuela, hasta que supimos que habĆa trabajado como enfermera en el ejĆ©rcito nacionalista durante la guerra civil. Ahora ella era una enemiga de clase. En asambleas multitudinarias a las que asistĆan profesores y estudiantes, la gente se turnaba para criticar y humillar a esos āmalos elementosā.
Un dĆa, me unĆ a un grupo de estudiantes que irrumpieron en el dormitorio del profesor Cai, un instructor de arte. Joven y atractiva, la profesora Cai era popular entre los estudiantes, a quienes les encantaban sus clases. Pero sabĆamos que tenĆa una pequeƱa estatua de una mujer semidesnuda sobre una mesa de su habitación. Era claramente un objeto capitalista.
Y los tiempos habĆan cambiado: ahora Ć©ramos revolucionarios. Irrumpimos en su habitación y rompimos la estatua. No se atrevió a pronunciar una palabra, a pesar de su habitual autoridad. Todos nos sentimos emocionados y orgullosos. Pero tambiĆ©n sentĆ una punzada de simpatĆa por la profesora Cai cuando vi lĆ”grimas en sus ojos. (Sólo mucho despuĆ©s me di cuenta de que la estatua era una rĆ©plica en miniatura de la Venus de Milo).
Dicen que quieren una revolución
Las escuelas no eran los Ćŗnicos lugares donde la Revolución Cultural habĆa puesto todo patas arriba. A finales del verano, los sistemas judicial y policial del paĆs habĆan dejado de funcionar. Los policĆas desaparecieron de los puestos de trĆ”fico; peatones, ciclistas y vehĆculos podĆan circular libremente, sin que nadie dirigiera el trĆ”fico. Hubo una propuesta seria para cambiar por completo el sistema de semĆ”foros. ĀæPor quĆ© la gente deberĆa detenerse ante un semĆ”foro en rojo, sĆmbolo de la revolución? No. El rojo deberĆa indicar continuar y el verde deberĆa indicar detenerse.
AĆŗn asĆ, los cambios de roles en las escuelas parecĆan particularmente dramĆ”ticos. MĆ”s tarde ese verano, unas cuantas amigas y yo fuimos a la cercana escuela secundaria femenina No. 13 para presenciar una reunión masiva conocida como āsesión de luchaā. Reuniones de este tipo se celebran ahora en todas partes de Beijing, incluidas casi todas las escuelas secundarias. Los Guardias Rojos subieron a un escenario a personas que habĆan identificado como ācontrarrevolucionariosā, incluidos administradores escolares y maestros. Los contrarrevolucionarios fueron obligados a confesar sus crĆmenes; Los Guardias Rojos se pusieron altos gorros de burro de papel blanco en la cabeza y pesadas placas de madera alrededor del cuello, en las que se enumeraban sus nombres y sus fechorĆas. Uno a uno, los estudiantes subieron al escenario para denunciar a sus profesores.
Al poco tiempo, la acción se habĆa convertido en un patrón monótono. Mis amigos y yo nos escapamos de la sesión de lucha y caminamos por el campus. Estaba oscuro y sólo brillaban unas cuantas lĆ”mparas. En la esquina del campo deportivo vimos un bulto informe en el suelo, cubierto por lo que parecĆa ser una manta. Alguien nos dijo que era el cuerpo del director de la escuela. Al parecer, un grupo de chicas adolescentes de la escuela, todas Guardias Rojas, la habĆan matado a golpes ese mismo dĆa. La multitud enojada estaba simplemente demasiado ocupada para deshacerse del cadĆ”ver.
Cuando salĆamos del campus, escuchamos gritos provenientes de un edificio cercano. Curiosos, nos asomamos por una ventana. En una habitación con poca luz, vimos a cuatro o cinco niƱas paradas en cĆrculo, cada una blandiendo un gran cinturón de cuero. En el centro del cĆrculo estaba arrodillada una anciana que parecĆa tener unos 60 aƱos. Su cabeza y cuerpo estaban cubiertos de sangre. TenĆa mucho dolor, gemĆa y lloraba con voz dĆ©bil. Las chicas se turnaron para golpearla con los cinturones. La golpearon sin descanso. MĆ”s tarde supe que la mujer era la subdirectora de la escuela. Ella no sobrevivió esa noche.
Mao habĆa prometido que la Revolución Cultural traerĆa āun gran caos que conducirĆa a un gran gobiernoā. Pero habĆa empezado a pensar que eso sólo conducĆa a mĆ”s caos.




