Si hay una metáfora que ha dominado a los expertos internacionales durante la Ăşltima dĂ©cada, es la “ola populista”. Se nos dice que un paĂs tras otro está abandonando la democracia liberal y abrazando a lĂderes y partidos autoritarios que afirman hablar en nombre del pueblo.
Los supuestos “impulsores” (o lo que antes se conocĂa, más elegantemente, como causas) ya son familiares: la inmigraciĂłn, la globalizaciĂłn y, en particular, el supuesto ascenso de una “nueva Ă©lite”, o lo que el politĂłlogo británico Matthew Goodwin llama a una clase gobernante de “creencias de lujo”. Este grupo culturalmente distintivo, segĂşn analistas como Goodwin, puede darse el lujo de ser moralmente justo al adoptar posturas polĂticas que dejan a los trabajadores sufrir las consecuencias. Sus miembros exhiben valores extremadamente liberales y altos niveles de intolerancia hacia cualquiera que no los comparta, es decir, aquellos a quienes a menudo se les llama condescendientemente “gente comĂşn y corriente”.

La supuesta ola populista, desde esta perspectiva, es una reacción a acontecimientos que muchos ciudadanos consideran amenazantes, o al menos alienantes. Según profesores como Goodwin, que simpatiza con el impulso populista, esa respuesta es generalmente saludable. Y, sin embargo, la reciente derrota del partido populista de derecha en el poder en Polonia muestra que la historia puede ser más complicada de lo que los expertos nos han hecho creer. De hecho, un nuevo e importante libro del politólogo estadounidense Larry M. Bartels muestra de manera convincente que, para empezar, toda la noción de una ola populista era errónea.
CORRIGIENDO EL REGISTRO
Bartels, un acadĂ©mico muy respetado de la Universidad de Vanderbilt cuyo trabajo anterior se concentrĂł en la creciente desigualdad en Estados Unidos, y que es conocido entre los cientĂficos sociales por su comprensiĂłn claramente testaruda de la democracia, es alguien a quien vale mucho la pena escuchar. Basándose en datos del Estudio Social Europeo, demuestra, en La democracia se erosiona desde arriba, que gran parte de la sabidurĂa convencional sobre el populismo actual es sencillamente errĂłnea.
Las opiniones y actitudes comúnmente asociadas con el populismo de derecha –como la hostilidad a la inmigración y la oposición al euro– no han aumentado marcadamente en los últimos años. Además, contrariamente a lo que muchos esperaban durante y después de la crisis del euro de 2009-2015, la satisfacción general con la democracia y la Unión Europea no ha disminuido dramáticamente.
Sin duda, Bartels admite que el Ăşltimo indicador cayĂł un poco a raĂz de los problemas del euro y la austeridad impuesta a los estados del sur de Europa. Pero señala que, a finales de la Ăşltima dĂ©cada, era más alta que en cualquier otro momento desde 2004. Una vez más, contrariamente a la sabidurĂa convencional, los europeos estaban tan satisfechos con el funcionamiento de la democracia en 2019 como lo habĂan estado 15 años antes. De manera similar, la confianza en los polĂticos y los parlamentos (nunca muy alta, por cierto) se ha mantenido prácticamente sin cambios.
Estos hallazgos parecen particularmente sorprendentes cuando se piensa en los paĂses que ahora se identifican habitualmente como “democracias antiliberales” (aunque serĂa más exacto “regĂmenes hĂbridos” o autocracias en ciernes antiliberales). Los principales han sido HungrĂa y Polonia, cuyos lĂderes reclaman un mandato especial de poblaciones que (nunca se cansan de decirnos) son “más iliberales”, con actitudes conservadoras, religiosas y nacionalistas más fuertes.
En este sentido, el estudio de Bartels es particularmente revelador. Muestra que cualquier aumento del iliberalismo popular que se pueda medir es una consecuencia, no la causa, de la gobernanza antiliberal del primer ministro hĂşngaro, Viktor Orbán, y del lĂder del partido gobernante saliente de Polonia, JarosĹ‚aw KaczyĹ„ski.
En las elecciones cruciales que llevaron a Orbán al poder en 2010 y a Ley y Justicia (PiS) al gobierno en 2015, los votantes no clamaban por una ruptura antiliberal, como Orbán intentó sugerir con su discurso de una “revolución en las urnas”. Más bien, expresaban su descontento con un lado en un sistema bipartidista. De hecho, tanto el partido Fidesz de Orbán como el PiS realizaron campañas moderadas (este último prometió, simplemente, “buen cambio”) y prácticamente no emitieron declaraciones sobre transformaciones constitucionales. Tampoco se basaron en plataformas anti-UE, aunque Kaczyński ciertamente intentó avivar los temores de los refugiados, alegando que portaban enfermedades peligrosas.
SĂ, Bartels señala que la simpatĂa por Fidesz ya estaba asociada con una “ideologĂa conservadora” generalmente antes de 2010. Pero ni la hostilidad hacia la UE ni el miedo a los refugiados eran caracterĂsticos de los partidarios de Fidesz. Bartels afirma categĂłricamente que “los votantes que entregaron al Fidesz las llaves de la democracia hĂşngara en 2010 no estaban motivados por los mismos impulsos que impulsan el apoyo a los partidos populistas de derecha en otras partes de Europa”.
No fue hasta 2018, despuĂ©s de años en los que el gobierno de Orbán inculcĂł al pĂşblico el antiliberalismo, que la antipatĂa por la UE comenzĂł a registrarse como un factor significativo en la base electoral de Fidesz. E incluso hoy, despuĂ©s de años de campaña de los gobiernos hĂşngaro y polaco contra la ComisiĂłn Europea (y, en el caso de PiS, contra el gobierno alemán), la UE sigue siendo sorprendentemente popular en ambos paĂses.
ÂżPor quĂ©, entonces, fueron reelegidos Fidesz y PiS cuando se postulaban con plataformas claramente xenĂłfobas y antieuropeas? AquĂ, Bartels ofrece otro conjunto de datos reveladores: las encuestas muestran que la satisfacciĂłn con la economĂa, con la vida en general e incluso con “la forma en que funciona la democracia en HungrĂa” mejorĂł bajo el Fidesz. De manera similar, los ciudadanos polacos registraron una mayor satisfacciĂłn con la economĂa y, a diferencia de HungrĂa, otorgaron calificaciones notablemente más altas a los servicios de salud y educaciĂłn.
Estas diferencias no son particularmente sorprendentes, considerando que el PiS ha aplicado polĂticas ampliamente bienestaristas, mientras que Orbán efectivamente ha descartado al tercio inferior de la sociedad (además de arruinar el sistema de salud y someter completamente la educaciĂłn a sus imperativos ideolĂłgicos). Pero lo que es notable es que la confianza en los polĂticos y los parlamentos aumentĂł en ambos paĂses, bajo lĂderes que claramente estaban en el negocio de destruir la democracia.
VOTANTES MĂŤTICOS
Para explicar los continuos Ă©xitos electorales de ambos partidos, Bartels señala que las mejoras econĂłmicas tuvieron mucho peso. Pero otro factor, sostiene, es que la mayorĂa de los ciudadanos simplemente no prestan mucha atenciĂłn a la polĂtica.
Junto con Christopher H. Achen, un distinguido colega mĂo en la Universidad de Princeton, Bartels lleva mucho tiempo criticando lo que Ă©l llama la “teorĂa popular de la democracia”. Esta visiĂłn, muy extendida entre los filĂłsofos polĂticos idealistas, sostiene que los ciudadanos forman posiciones coherentes sobre cuestiones que luego generan un mandato para los ganadores en las urnas.
Por lo tanto, quienes están esclavizados por la teorĂa popular suponen que los resultados polĂticos observables (como el surgimiento de partidos gobernantes “antiliberales”) deben reflejar cambios significativos en la opiniĂłn pĂşblica. Pero Bartels no tiene paciencia con esta imagen idealizada de los ciudadanos y no se hace ilusiones acerca de que los gobiernos sean receptivos a la opiniĂłn pĂşblica. En cambio, nos insta a adoptar una visiĂłn conscientemente elitista de la democracia, no por preferencia por un gobierno de Ă©lite, sino porque el gobierno de Ă©lite es simplemente la realidad en las democracias contemporáneas.
Para quienes se preocupan por el destino de la democracia en Europa (y en un sentido más amplio), aquĂ hay buenas y malas noticias. La buena noticia es que los ciudadanos no claman por la autocracia. Incluso en las supuestas “democracias iliberales”, no habĂa evidencia de que los votantes quisieran lo que Orbán y KaczyĹ„ski han logrado –y en el caso de Polonia, una mayorĂa ha confirmado ahora el punto de Bartels.
Quienes atribuyen casualmente los resultados polĂticos en estos paĂses a una cultura polĂtica centroeuropea supuestamente Ăşnica deberĂan tomar nota del análisis de Bartels. Se ha vuelto demasiado fácil para las elites polĂticas de Europa occidental argumentar que esos pobres e ignorantes polacos y hĂşngaros simplemente se dividieron.
PUDRIENDO DE LA CABEZA
Entonces, parte de la mala noticia es que algunas elites se están volviendo contra la democracia. Pero el problema no termina ahĂ, porque los ciudadanos están tan preocupados por sus propias vidas, o tan ciegamente comprometidos con sus compromisos partidistas, que no se puede contar con ellos para “salvar la democracia”.
Aun asĂ, el mensaje principal es dejar de lado la sabidurĂa convencional de que, de alguna manera, la culpa la tienen las personas mismas. Bartels deja muy claro que son las elites, no las “masas”, quienes destruyen las democracias. Desde el apogeo de la psicologĂa de masas en el siglo XIX, la “gente corriente” ha sido considerada irracional y muy susceptible a los halagos de los aspirantes a demagogos. Pero, de hecho, las Ă©lites son la variable de la ecuaciĂłn. Si los demagogos tienen la oportunidad de apoderarse de las instituciones democráticas, a menudo pueden hacerlo sin resistencia de la ciudadanĂa. Como señala Bartels, hay abundante evidencia sociocientĂfica que demuestra que la gente es reacia a castigar a los polĂticos por comportamiento antidemocrático si hacerlo va en contra de su propio partido o de sus preferencias polĂticas.
Como tal, casi todo depende de las Ă©lites, y especĂficamente de lo que la politĂłloga Nancy Bermeo (otra distinguida colega mĂa de Princeton) llama “capacidad de distanciamiento”, es decir, su voluntad de adoptar una visiĂłn más amplia y priorizar la democracia por encima de los beneficios polĂticos o personales inmediatos. En este sentido, las elites de Europa occidental parecen haber estado fracasando espectacularmente.
Como ha estado argumentando durante años el acadĂ©mico holandĂ©s Cas Mudde, es cada vez más probable que los polĂticos conservadores y de centro derecha “integren la extrema derecha”. Han demostrado estar dispuestos a formar coaliciones con partidos populistas de extrema derecha o, de manera menos obvia, a imitar la retĂłrica de esos partidos, legitimando asĂ posiciones polĂticas y perspectivas de extrema derecha sobre desafĂos polĂticos como la migraciĂłn.1
Por ejemplo, en las Ăşltimas elecciones presidenciales francesas, el candidato gaullista –que es lo más predominante en la Quinta RepĂşblica– respaldĂł efectivamente la teorĂa de la conspiraciĂłn del “gran reemplazo”, que sostiene que se están enviando musulmanes a Europa para ocupar el lugar de los nativos. De manera similar, a principios de 2021, el ministro del Interior del presidente francĂ©s Emmanuel Macron acusĂł a la lĂder de extrema derecha Marine Le Pen (entre todas las personas) de ser “demasiado blanda” con el Islam.
Una vez derribado el muro que anteriormente contenĂa a la extrema derecha, no será fácil reconstruirlo. Los votantes que se consideran respetablemente burgueses y que alguna vez habrĂan evitado las posiciones de Le Pen y el agitador racista Éric Zemmour ahora han recibido permiso tácito de las elites de centroderecha para seguir ese camino y ver adĂłnde conduce. ÂżDeberĂa sorprendernos que hayan aceptado la invitaciĂłn? Como suelen preguntar los propios lĂderes populistas de extrema derecha: ÂżPor quĂ© votar por la copia cuando puedes conseguir el original más “autĂ©ntico”?
PROBLEMAS DE PUERTA DE ENTRADA
La principal excepciĂłn a esta tendencia europea en los Ăşltimos años ha sido Alemania. Hasta ahora, la UniĂłn DemĂłcrata Cristiana se ha mantenido firme en su opiniĂłn de que no cooperará con el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD). Es cierto que el lĂder del partido, Friedrich Merz, probĂł el terreno este verano cuando insinuĂł que se podĂan hacer excepciones a nivel local; pero la reacciĂłn, incluso desde dentro del partido, fue inmediata.
AĂşn asĂ, mantener este Brandmauer (cortafuegos) podrĂa resultar cada vez más difĂcil. En las elecciones regionales de principios de este mes, el AfD, anteriormente considerado principalmente un partido de protesta de Alemania Oriental, quedĂł segundo en el estado occidental de Hesse y tercero en Baviera. Además, las encuestas muestran que los votantes de AfD están cada vez más motivados por la “convicciĂłn”, en lugar de un impulso de protestar, lo que implica que están optando descaradamente por un partido que hace poco por ocultar su abierto racismo y su enfoque revisionista de la historia alemana.
Si bien los demócratas cristianos obtuvieron la victoria en ambas elecciones estatales, perdieron decenas de miles de votantes frente a la extrema derecha, al igual que otros partidos, incluidos, sorprendentemente, los Verdes. Y contrariamente a la suposición de que el principal electorado de la extrema derecha son los ancianos (en cuyo caso el problema supuestamente se resolverá solo), a AfD le fue bien entre los jóvenes tanto en Hesse como en Baviera.
Por supuesto, la “protesta” aĂşn podrĂa explicar parte de este comportamiento electoral (a pesar del escepticismo de Bartels acerca de que los ciudadanos formen opiniones polĂticas racionales). DespuĂ©s de todo, existe un temor generalizado al declive econĂłmico entre los alemanes, y muchos temen que su paĂs vuelva a ser el “hombre enfermo de Europa”, estatus que tenĂa hace apenas 20 años (lo suficientemente reciente como para que la mayorĂa de los ciudadanos lo recuerde). Lo que es igualmente revelador es que la actual coaliciĂłn de gobierno –compuesta por los socialdemĂłcratas, los demĂłcratas libres proempresariales y los verdes– ha caĂdo en picada en las encuestas.
Los Verdes son generalmente considerados lo opuesto a AfD. Ahora también se les asocia ampliamente con las luchas internas del gobierno, y son atacados regularmente por supuestamente quitarles la libertad a las personas al obligarlas a instalar bombas de calor, entre otras medidas ambientales. Semejante hostilidad histérica apunta a un mecanismo menos obvio para integrar a la extrema derecha. Como señala Mudde, las cuestiones de la llamada “guerra cultural”, como los derechos de las personas transgénero, sirven como droga de entrada para los conservadores en general.
En el discurso de centroderecha –que no está precisamente repleto de ideas polĂticas– se acusa a una minorĂa de izquierda moralista e intolerante de restringir la libertad de expresiĂłn, fomentar el negacionismo sobre la migraciĂłn y, en general, dictar valores a una mayorĂa compuesta por “gente comĂşn y corriente” que simplemente sucede. pensar y sentir diferente. SegĂşn la racionalizaciĂłn tĂpica, estos votantes engañados simplemente no tienen más opciĂłn que votar por la extrema derecha para hacerse oĂr.
CUANDO EL MURO SE ROMPE
Una vez que se entiende el panorama polĂtico de esta manera, no hay un lugar obvio para mantener un cortafuegos. Los conservadores y los populistas de extrema derecha coinciden en cuáles son los principales desafĂos de la sociedad (la predicaciĂłn mojigata de izquierda y la migraciĂłn) y en que están defendiendo valores respetables de la clase media como la libertad de expresiĂłn y una comprensiĂłn de sentido comĂşn del interĂ©s nacional. El puente que une el centro con la extrema derecha está pavimentado de memes de guerra cultural y pánico moral ante los supuestos peligros que plantean los inmigrantes.
La alternativa a adaptar la corriente principal a la extrema derecha es adaptar la extrema derecha a la democracia. No hay nada inherentemente antidemocrático en pedir menos inmigraciĂłn. Pero, por supuesto, nunca es aceptable en una democracia incitar al odio contra los extranjeros y las minorĂas nacionales, sobre todo porque siempre habrá algunas personas que actuarán de manera violenta basándose en esa retĂłrica.
Bartels ha identificado una reserva de votantes a la que pueden recurrir tanto los polĂticos de extrema derecha como los oportunistas de centroderecha. Pero estos votantes son una minorĂa ruidosa, no una mayorĂa silenciosa. DifĂcilmente son capaces de convertirse en una ola imparable que azote a las democracias del mundo. Para crear esa impresiĂłn, necesitan la complicidad de las Ă©lites que deberĂan saberlo mejor.
Fuente: https://www.project-syndicate.org/onpoint/populism-far-right-relies-on-mainstream-conservative-elites-by-jan-werner-mueller-2023-10?utm_source=Project+Syndicate+Newsletter&utm_campaign=3fc736c0c4-sunday_newsletter_10_22_2023&utm_medium=email&utm_term=0_73bad5b7d8-3fc736c0c4-107291189&mc_cid=3fc736c0c4&mc_eid=b85d0eef78




